viernes, 3 de enero de 2020

Mundo Quebrado- XII

Desperté de lo que me parecía una breve siesta. Lo último que recordaba era el bufón con el que había discutido, y haber vuelto a casa para alguna diligencia. Grande fue mi sorpresa al ir a la cocina, mirar el almanaque, ¡y comprobar que había pasado un mes y medio! ¿Cómo era posible? Yo tengo uno de esos almanaques de los que se arranca un papelito por día, y se notaba que no habían arrancado cuarenta y cinco de un tirón para hacérmelo creer. Unas plantas que tenía en una maceta, en la ventana, habían crecido bastante, y hasta tenían las hojas un poquito comidas por las hormigas.
Descarté enseguida que fuera un sueño. En los sueños nunca me sorprendo o me pregunto si estoy en ellos. Por si acaso, recurrí a patear la cocina, con tanta suerte que me di en el dedo chiquito del pie. La evidencia fue abrumadora. Esperé cinco minutos a que se me fuera el dolor, y revisé la casa. Estaba bastante limpia, como si hubiera barrido hace poco. Había algunas pequeñas cosas cambiadas de lugar, pero no había faltantes. Revisé el sótano, y había más tierra de la que recordaba, amen de pisadas y carcasas de cucaracha y nueva pintura en los muros.
Me armé de valor, me cambié de ropa porque no sabía cuanto tiempo tenía la actual, y salí de mi vivienda. Los alrededores de casa estaban decididamente cambiados, el pasto distinto, la cerca pintada de distinto color... ¿Acaso mi hogar no estaba a salvo de los cambios que las dimensiones hacen en la aldea? Quizás era solo eso, pero me resultaba extraño. Sin embargo, no pude reflexionar mucho más sobre eso. Recibí un cascotazo en el hombro, y una voz me increpó así:
-¡Sinvergüenza! ¡Todavía le da la cara para salir de casa después de que sus plantas mataron a esos chicos!

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